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Mellizo nada más...

Entiendo las dificultades de los comentaristas de RTVE, pero llamar "rencillas" a lo del Tibet...
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El guionista y la factura... (Fábula)

Son muchos los libros escritos “sobre”, “por”, y “para” los guionistas que son, los que quieren ser y sus mundos. Consejos de todo tipo, sentencias absurdamente cuadriculadas con claves que aseguran el éxito, cómos, porqués… Toneladas de folios, pero poco se dice en ellos de lo que acaba por convertirse en nuestra principal actividad: El cobro de las facturas.

 

Cuando uno ha conseguido demostrar -a la empresa para la que trabaja-, que es más o menos inocente (aunque ellos no prediquen con el ejemplo), presentando mil y un papeles que sólo un psicópata, un jubilado, o un asesor fiscal podrían tener ordenados y localizados, y tras negociar la redacción del miserable texto que define el concepto del cobro (con la habitual pelea sobre si se reconoce la escaleta como guión para que esté exento de IVA, o se pone coordinación, o redacción o elaboración…), viene el momento de la espera… Tensión… ¿Me habrán pasado al montón de las facturas de a tres meses, como si fuera un proveedor que trabaja para una gran empresa? ¿Estará mal el CIF? ¿El NIF? ¿El PIF? (Redoble de tambor) … Empiezan los mails y las llamadas: “¿Pasa algo con lo mío?” “¿Cuándo crees que lo tendré en mi cuenta?”… Si se presiona mucho se consiguen respuestas como “No soy yo quien lleva eso”, o “Ya sabes que hay mucho follón con lo de la muerte del perro del jefe”, o la popular “El que firma está de puente” (y sus distintas versiones)…

 

Me considero afortunado por haber engañado a suficientes amigos como para tener un currículo así como pintón. En más de veinte años he trabajado para TVE1, TVE2, Telemadrid, ETB, Canal Sur, Canal +, Canal 9, Antena 3, Tele 5, Cuatro y La Sexta, de la mano de una docena de productoras y nunca, jamás, he conseguido cobrar sin tener que llorar, llamar, pedir, rogar, rezar… Hoy he recibido una nueva excusa, que no incluyo por miedo a que paguen justos por pecadores, pero es de las buenas (los curiosos que me la pidan por mail). ¿Podría alguien explicarle a mi pareja, a mi hijo, o a mi ex por qué no cobro?

 

EN el mundo del entretenimento, como en el de los melones de Villaconejos, entre el que hace y el que consume hay un camino que cada vez se hace más largo, espeso y caro: El de la gestión. Ojalá un día se cierre la brecha, pero de golpe.

 

"Habla bien de ti mismo...

… Y con el tiempo se olvidarán de la fuente”, leí hace años.

 

Yo tardé mucho en entender qué quería decir esta sentencia-aforismo, pero parece que otros descubrieron su significado recién destetados. Ahora, después de algunos años atravesando desiertos, lo tengo claro: Si yo digo “Fui el creador de esta serie” o “Dialogué ésta trama” muchas veces y en distintos foros, acabará haciéndose realidad, aunque mi colaboración en la génesis fuera añadir dos adjetivos a un personaje, o revisar pruebas de guionistas. En algunos casos el ejercicio de auto-encumbramiento llega hasta extremos de brutal egocentrismo y portentosa memoria, como la constante mención y referencia a los argumentos propios –cuando las audiencias son buenas-, y a los ajenos –cuando son malas-. Desde un punto de vista “americano-adolescente” podría entenderse como competencia sana, pero es in-sa-no, y en la mayoría de los casos FALSO. Pero mentir no cuesta nada en este negocio, y si uno de estos usurpadores es descubierto, siempre puede recular con un “perdona, es que me lié con esto otro”, para volver al ataque en cuanto cambie de foro. Yo he llegado a ver cómo terceros negaban el mérito de un guionista en su propia cara, por algo que realmente –y yo fui testigo- había hecho, defendiendo que otro, que pasó un día por allí, era el verdadero responsable, sin preguntarse por qué vía les había llegado esa información.  EN muchos casos los propios productores, empresarios o ejecutivos, son los que apoyan una u otra versión en función de sus intereses, dejando con el culo al aire al más pintado. Lo más triste es que cuando uno se defiende queda como un vanidoso, y tiene que escuchar aquello de “qué ganas tú con defender tu versión de algo que ya pasó hace tiempo”, y la respuesta es clara: Respeto, lo que se traduce en trabajo más tarde o más temprano.

 

El otro día, comiendo con unos cuantos amigos, una productora de TV dijo algo radicalmente falso, pero aparentemente inocuo… Joder, lamento haber asentido cómplice porque ahora los demás comensales estarán convencidos de su versión, y ella misma también... de tanto decirlo sin ser corregida. RESPETO colegas, respeto.

 

Estereotipos

 

Durante las celebraciones post-boda de un amigo, en un local bajo el puente de Triana, se nos acercó un tío muy cachondo: El Bere. Yo estaba charlando con Víctor, un gran productor -muy popular y bastante festivalero-, y Bere, con la intención de intimar, se presentó con un “soy un fenómeno a la hora de adivinar a qué se dedica la gente”… “Bien”, le dijimos, “pues intenta averiguar nuestras ocupaciones”.

 

El Bere jugaba con ventaja. Sabía que ambos trabajábamos en la tele, con su amigo el recién casado. Pudo ver que mi colega Víctor era delgado, guapote, con patillas modernas y ropa juvenil. Escuchó sus comentarios brillantes y se rió con sus chistes. También tomó nota de mis dimensiones, más anchas que largas, de mi incapacidad para pronunciar dos palabras sin que mi amorcillada lengua se trabase, de mi ropa, poco adecuada para mi cuerpo y menos aún para la ocasión, y de la cogorza que llevaba. Y dictó sentencia… “Tú Víctor, eres creativo. Guionista o similar… Y tú -por mi- eres… Mozo. De los que cargan decorados, maderas y hierros, así como fuertote (Añadió para arreglarlo)…”.  Han pasado diez años, por lo menos, y sigo pensando en aquello.

 

No me importa que me dijeran que era un mozo de plató, porque –entre otras cosas- lo he sido, pero sí que me ofende esa imagen que todo el mundo tiene de EL GUIONISTA como un individuo raro, que odia a niños y perros, que no gusta del fútbol, que no tiene ni media hostia, que lleva camisetas originales, que ve cine ruso doblado en checo… ¡Yo que sé! Odio esa y cualquier otra descripción que nos encasille -incluso mi propia visión-. porque he tenido que cargar con demasiados “estereotipos” recomendados por su brillantez en las fiestas, por sus llamativas corbatas y su "sinpar" gracejo –que tanto entretiene al abuelo-, para ver cómo luego eran incapaces de distinguir entre problema y conflicto, o simplemente quedarse bloqueados, sosos e inoperantes al descubrir que tienen que escribir –o intentarlo- veinte –por decir un número- frases brillantes, todos los días, de todas las semanas, de todos los meses, de todos los años que aguanten en la profesión.

 

Con las mujeres guionistas, y siempre según mi opinión, esa búsqueda de características originales les está llevando hacia la figura contraria. LA GUIONISTA molona -la del estereotipo-, es una tía dura, de carácter. Independiente y resuelta. No se admiten mujeres casadas con dos hijos y que sepan cocinar… Tienes que ser algo rara. Si eres guapa, mejor. Marcas, las caras, pero que no se vea mucho el logo. Si fumas bien, y si fuera en pipa ya serías la supercreativa del año. Si no tienes pareja estable eres la bomba, y si la tienes procura que siempre queden dudas sobre si seguirás o no con él, ella o ello el mes próximo.

 

Ahora hay otro nuevo tópico en el mundo del encasillado. La edad. “Verás, estamos buscando gente con un perfil más… como más moderno ¿entiendes?”. Es cojonudo. Luego vamos todos pidiendo respeto de la industria en reuniones en las que sólo se habla de contratos y dineros… ¿Alguien cree que se contratan guionistas jóvenes por su talento y frescura? Un guionista de 25 años, que acaba de salir de la facultad y ha hecho un año de Erasmus y el “SUPERMASTER” de John Doe ¿Es necesariamente más brillante y eficaz que un tipo de 40? La respuesta es NO: Simplemente es más barato, discute menos y se le manipula mejor. Pero ojo, tampoco los años de carrera son un factor determinante; mejoran al que tiene algo de talento, pero como decía Séneca "las canas no indican que se haya vivido más; sino que se ha durado más".

 

Soy un tipo manitas por necesidad y me paso el día enchufando y desenchufando ordenadores, solucionando problemas técnicos de otros, buscando conexiones libres por los suelos –lo más difícil, como muchos sabéis, es verme escribir-. El otro día, estando en la oficina-productora a cuatro patas bajo la mesa, vino una persona de vestuario. Se sentó a mi lado y me pidió un ordenador. Metí mi clave en uno de los PC y dije que podía utilizarlo, que yo podía escribir en otra parte “¿Escribir?” –y otra vez lo de siempre- “¿Eres guionista? (Asentí)… yo pensaba que eras de producción, como siempre estás haciendo cosas…”.

 

SI SOY UN GUIONISTA, ACABADO Y RECUPERADO VARIAS VECES, Y ME CAGO HASTA EN MI PROPIO ESTEREOTIPO.

 

Seguro que no estáis de acuerdo con lo que he escrito, pero yo tampoco. Os propongo que me enviéis vuestra lista de “diez formas de distinguir a un guionista de alguien que no lo es”, para ver si encajo en alguna.

Recuento de tecnología

Aprovechando algunos momentos de ocio estival, he hecho recuento de todos los gadgets -y otras memeces- que últimamente me acompañan por el mundo. Me reconozco absolutamente enganchado a la tecnología, y entiendo a los que puedan pensar que soy un imbécil porque sí: Lo soy, no puedo evitarlo.

 

Ipod

Cable de alimentación del IPOD

Auriculares

Cable de conexión IPOD-PC

Cable accesorio radio del IPOD

Cable de alimentación del teléfono móvil

Teléfono Móvil

Disco duro multimedia

Cable de almentación del disco duro

Cable de conexión a TV del disco duro

Cable de conexión de disco duro a PC

PC portátil

Cable de alimentación del PC

MODEM USB Internet

Bluetooth USB 

Memoria (Pen drive) USB

Cámara de fotos digital

Cable cámara a PC

Cable alimentación cámara digital

 

Como resumen puedo deciros que llevo conmigo más 800 Gb de memoria, de los que tendré ocupados unos 400 Gb. ¡Patético!

TUO YAW (y7)

 

El grupo de amigos seguía creciendo, y no había noche en la que no se celebrase algo.

 

Presumíamos de salir todos los días del año, y así era –salvo enfermedad o detención-. Cuando podíamos nos escapábamos a Torrevieja: Quedábamos en el Keeper de la calle Alcántara, después de "recoger" veinticinco gramos de polen, y partíamos a lomos del corsa plateado de mi amigo Javier -otros hacían el trayecto en mejores vehículos, pero no se reían tanto-. En una de esas fumadas, estando en la casa de la playa de la Mata, a mi amigo Javier le dio un ataque. Estábamos mirando las estrellas desde la terraza, con un buen colocón, cuando empezó a temblar. Yo no sabía qué hacer. Le miraba y me reía, para luego sentirme aterrado hasta que me reía de nuevo. Era epilepsia, o algo así. Ni corto ni perezoso agarré la olla express, la llené de agua fría y me fui hacia él… Seguía temblando… Cogí impulso y le arrojé el agua a la cara, pero con la flojera se me escapó también el recipiente... Le abrí la cabeza, pero dejó de temblar. Yo le miraba, repitiendo una y otra vez ¡Qué movida! A los pocos minutos empezó a recuperar la conciencia, pero sangraba bastante. Como pude conseguí bajarle hasta su habitación. Veía que estaba mejor y le pedí que se cambiara de ropa mientras yo buscaba el botiquín. Al regresar me lo encontré con los calzoncillos sobre los pantalones, sin camisa y lleno de sangre por todas partes. Me costó dos horas acostarle. Lo más sorprendente es que al día siguiente el magullado Javier no se acordaba de nada.

 

En ese punto de mi vida ya había abandonado toda esperanza de estudiar, y pasaba el tiempo leyendo en casa, hasta la hora de salir de copas. Cuando el dinero no daba para un taxi subíamos caminando, desde el barrio de la Estrella hasta María de Molina, en donde habían abierto un disco-pub que se llamaba If. Las copas estaban caras, de manera que parábamos en todos los bares baratos del camino para hincharnos a cervezas y ahorrarnos unos duros. Luego, en el pub, nos separábamos para localizar incautos que dejasen sus baboseados combinados sin vigilancia y quitárselos. Así pasábamos los días hasta que conocimos a un grupo de chicas. Eran cuatro o cinco. Habían salido con la intención de intimar con nuestro amigo Charlie Bergamín, un tipo listo, cachas y rubio que tenía todo el éxito con las mujeres que yo desearía haber tenido, y un hermano con el que solíamos alternar y al que conocíamos como “El Conde del pimiento” desde que uno de esos vegetales quedó colgando de su boca tras un regurgitado sorpresivo. No recuerdo muy bien cómo, pero nos acercamos a ellas, y debimos caerles bien porque, tras mentirles acerca de nuestras ocupaciones –yo dije que era estudiante de teleco, otro que era médico...- decidieron venirse a tomar unas copas a otro garito. Estaban celebrando el cumpleaños de una de ellas, así que robamos una botella de JB de la barra y nos fuimos a Pick-up, un local en declive de la calle Goya –la elección del local no era azarosa, se trataba del único lugar en el que aún nos dejaban entrar gratis-.

 

Así fue cómo conocí a la que sería mi primera mujer. Era una de las chicas del grupo, la más alta, algo delgada y siempre sonriente. Bailaba delante de mi, exhibiéndose de manera más que evidente. Me sentí atraído por ella hasta el punto de quedarme allí cuando mis amigos, aburridos, se marcharon. Se llamaba Celia.

 

En estos casos me viene a la memoria la versión Disney de Mowgli (Con perdón de Rudyard Kipling). Recuerdo con pavor aquel momento en el que el asilvestrado y feliz niño veía a la muchacha llenando un cántaro de agua. Ella, con malicia, le miraba de reojo y se daba la vuelta, regresando a su casa por una empinada ladera mientras contoneaba el culo. Los amigotes de Mowgli, Bagheera y Baloo, le decían que se fuera de allí, que tenían que irse de cachondeo con urgencia, pero Mowgli estaba hechizado ¡Ven Mowgli! Pero la desaprensiva niña dejaba caer voluntariamente el recipiente, y Mowgli, a pesar de los buenos consejos de sus amigos, saltaba desde su escondite para ayudarla. Fue su perdición. Mowgli abandonó a sus amigos, desapareciendo por esa escalera que le llevaba a un futuro de obligaciones, frustraciones y represiones...

 

...Y yo estaba en el primer peldaño.    

 

CAPÍTULO VI

 

Durante un tiempo estuve alternando las juergas con las citas románticas. ¡Estaba enamorado! Yo, un inmaduro borrachín, un inútil como el Fausto de Fellini, loco por Celia, una mujer responsable, estudiosa y humilde. Parecía imposible, pero funcionó. Mis amigos no acababan de dar crédito a lo que veían, y me castigaban con interrogatorios y burlas hasta el punto de hacerme sentir avergonzado de mis blandos gestos románticos. Todas las tardes la acompañaba hasta un lugar convenido. Allí se separaban nuestros caminos. Ella no quería que nos viera su madre, y yo prefería volver con mis amigos cuanto antes. Liberado de las cadenas del amor con un casto beso, me dejaba arrastrar por las de la juerga, corriendo hacia el lugar en el que había quedado con mis compinches para empezar la fiesta.

 

Era el Madrid de las terrazas.

 

Solíamos empezar nuestro maratón en el paseo de la Castellana, en un bar de moda siempre lleno a rebosar, tan lleno que para no perder la vez a la hora de pedir copas, meábamos bajo la barra con disimulo. De ahí nos marchábamos a una discoteca, Sky garden, situada en la azotea de uno de los rascacielos de la plaza de España. Nos bañábamos un par de veces y salíamos hacia Oh Madrid, para cenar unas chuletas y pillar farlopa. Tras otro baño volvíamos a la carretera, y así hasta el amanecer...   

 

Pero mis días en la Estrella estaban contados. Tras un fugaz y frustrado intento para que me contrataran como redactor en una emisora nueva de la capital -Radio El País-, fui enviado a Alicante para trabajar durante unos meses en Radio Elche. Después de despedirme de cada uno de mis amigos, y sin una idea clara de qué es lo que me iba a encontrar en aquella ciudad, ni de lo que debería hacer allí para ganarme el pan, me marché.

 

Hacía mucho calor cuando llegué a Elche.

 

La emisora estaba en un piso, cercano a uno de los vertiginosos puentes que cruzan el cauce vacío del río Vinalopoo. Radio Elche era la sintonía líder de la zona del Baix, a pesar de la pujante presencia de SER Elche. Por entonces contaba con veinte empleados -la mayoría a tiempo parcial-. El personaje más popular era una señora, no recuerdo el nombre pero podría ser María, que llevaba veinte años haciendo un programa de siesta que se llamaba “Tarde para todos”. María llegaba con su bolsita de costura, y un auricular especialmente diseñado para mantener el peinado en su sitio. Se sentaba en la mesa, saludaba y se pasaba dos horas cosiendo y hablando con su audiencia de lo humano y lo divino. Cada hora, cuando entraba el redactor para leer el boletín, recogía sus bártulos y se daba un paseo por el edificio. Era una mujer muy querida y me salvó de alguna bronca, especialmente el primer día que tuve que meter una cuña publicitaria de la funeraria “La siempreviva”. Me dio tal ataque de risa con el dichoso nombrecito que no pude abrirle el micrófono. Con un gran dolor abdominal conseguí meter otra cuña, pero me equivoqué, y dejé la emisora en silencio durante treinta segundos –una eternidad-. Cuando conseguí arreglarlo llamaron por teléfono, un oyente ciego conocido del señor Quiles –el dueño de casi todo en Elche- se quejaba de los errores del técnico de sonido y quería decírselo al director. Menos mal que la locutora le conocía, y le tranquilizó con una excusa falsa... 

 

Mi padre me había alquilado una habitación en una fonda de la ciudad. Se trataba de una vieja casa con seis dormitorios, vigilados por una anciana con bastante mala leche. La habitación era interior, gris y modesta. Tenía un gran armario, en el que cabían varios cadáveres, una mesa de estudio y una cama blanda y ruidosa sobre la que me tumbaba melancólico cuando me acordaba de Celia. Por primera vez alguien me consideraba brillante, atractivo y necesario, y por “vez primera” yo echaba a “alguien” de menos... Aquella sensación no acababa de agradarme.

 

La emisora estaba asociada, o hermanada, con el periódico local, el Información de Alicante y Elche –o Elche y Alicante según los ilicitanos-. En una reunión creativa, y siguiendo cierta idea que ya se desarrollaba en el extranjero, decidieron montar un concurso conjunto: El Super-radio-bingo. Cada día, con el periódico, se repartían una serie de cartones que se acumulaban hasta el fin de semana. Entonces, radiado por nuestra emisora, se montaba un espectáculo callejero en el que se sacaban las bolas de un ridículo bombo –Notario mediante-. Evidentemente el primero en completar su cartón debía llamar a la emisora para que se confirmase su combinación y se le dijera a cuánto ascendía el premio. Era puro cachondeo. Intenté hacerme con el premio varias veces, juntando cartones de los periódicos de la emisora y dándoselos a amigos, pero nada, ni por esas.

 

Por las noches salía al portal del piso, sentándome en la acera a fumar –la propietaria tenía estrictas normas de seguridad, y su violación significaba la inmediata expulsión de su fonda-. En el poyete de la entrada coincidía con dos o tres vecinas de acento extranjero. Decían que trabajaban en la industria del calzado, y que eran búlgaras, o algo así. A cada comentario mío ellas cuchicheaban entre sí, riéndose de vez en cuando. Estaba convencido de que las tenía en el bote, pero un buen día se lo conté a mis compañeros de trabajo... ¡Cómo se lo pasaron! No pude más que dejar caer la frente sobre la mesa cuando me dijeron que aquellas tías a las que me estaba “ligando” eran mucho más que amables cuando mediaba una compensación económica, y que todas las que se dedicaban al mismo negocio utilizaban la industria zapatera como excusa. De manera que asumí que estaba viviendo en una casa de lenocinio, y que con mi ajustado salario –controlado por mi padre- no podría asumir una inversión de ese tipo por más que lo desease.

 

Con el tiempo me trasladaron de la onda media, a la frecuencia modulada. Esto era algo así como pasar de vivir con tus padres a tener un pisito de soltero. De los cafés de “Tarde para todos” pasé a la horchata con vodka de “El Troncomóvil”, un programa musical que recorría las discotecas de la zona costera organizando grandes fiestas, acompañadas por el sonido, y la droga, de moda entonces: La Mescalina. A ritmo de “Toma-toma, dale-dale, pilla-pilla... ¡mescalina!” recorríamos las calles de Santa Pola en un Ford Escort descapotable, nuestra unidad móvil, animando a la gente a acudir al programa de cada noche. Esa música machacona, que más tarde se convertiría en ¡Aaaciiiid!, retumba aún en mis oídos.

 

Elche, como todo el levante español, vivía con exagerada intensidad cualquier celebración, desde la inauguración de una fábrica de curtidos, al Misteri, pasando por los moros, cristianos y pobladores. De la mano de la emisora vi cómo una peña festera devoraba un caballo en diecisiete minutos, a las señoras rodeando la iglesia con velas hasta que la cera acumulada les hacía resbalar, y a los carretilleros –los populares encapuchados que se divierten introduciendo cohetes en los coches de los turistas despistados, o quemándose a lo bonzo cuando les falla el pulso por culpa del alcohol- haciéndose los dueños de la ciudad en la espectacular Nit del Alba. Disfruté de conciertos en el Hort de Baix, y estreché la mano de los más representativos ilicitanos... Pero aquel verano se acabó, y regresé a Madrid con mi nuevo carnet de conducir, y la esperanza de que Celia no me hubiese olvidado.  

 

Y para su desgracia no lo hizo.

 

Nuestra relación iba a más. Quedábamos a diario para tomar unas copas que jamás se acababan, terminando con los labios -y otros órganos- doloridos porque ella, algo conservadora en cuanto a educación sexual, no quería ir más allá. Poco a poco me iba contando detalles acerca de su vida...

 

Celia había nacido en Guadalajara, a principios de los sesenta. Su familia venía de Membrillera, un pequeñísimo pueblo que, como dice su himno a ritmo de un cutre pasodoble, está entre la campiña y la alcarria, donde empieza la serranía. Tenía un hermano, Raúl, y vivía con su madre, viuda desde principios de los setenta, en una pequeña casa de la calle Cartagena. Estaba estudiando ciencias biológicas en el CEU - con poco interés- y tenía un grupo de amigas que no se las deseo ni a mi peor enemigo. Por suerte para mí mi padre había levantado el cepo al coche, y Celia y yo nos escapábamos de nuestras respectivas amistades con mucha frecuencia.    

 

La paciencia de mi padre estaba tocando a su fin cuando me ofreció incorporarme como técnico de sonido –en prácticas- de Radio El País. Así fue como un día de otoño me presenté en la emisora de la calle Miguel Yuste, en la cuarta planta del edificio del periódico, para hablar con un tal José María Baviano, alias Pepo. 

 

Pepo, director de la emisora, era un personaje peculiar. Apuesto, unos diez o doce años mayor que yo, despistado y con una vida no menos tempestuosa que la mía -que le había llevado a pasarse unos años en Ibiza vendiendo artesanía callejera-. Pertenecía a una influyente familia que tenía a Javier Baviano, uno de los padres del poderoso diario, como máximo representante. 

 

Y conseguí el puesto.

 

Por vez primera firmaba un contrato en condiciones, cotizaba a la seguridad social y tenía paro, vacaciones y demás derechos y deberes de todo trabajador legal. Era, por decirlo de algún modo, un hombre...

 

Describir a mis compañeros de fatigas -y de destino en muchos casos- es una tarea espesa y delicada, pero en principio basta con decir que en la joven emisora había tres clases de empleados: Los que trabajaban sin pensar en el futuro, los que pensaban en el futuro mientras trabajaban y los que ni pensaban, ni falta que les hacía. Sí: Yo pertenecía al tercer grupo.

 

Radio EL PAÍS y su elenco...

 

Durante las primeras semanas de trabajo en Radio El País me dediqué a aprender –dentro de mis limitadas capacidades- todo lo posible de mis tutores, técnicos con grandes conocimientos y la vida social de una hueva de lumpo, algo que me venía de perlas si pretendía enderezar mi propia existencia. Jerónimo, el mayor, era una especie de genio venido de las pitiusas, con gafas de pasta y corte de pelo espartano, que disfrutaba dando explicaciones absolutamente ininteligibles a problemas técnicos sencillos, para mayor tortura de los siempre inquisitivos periodistas. Era un gran melómano, hasta el punto de que su mayor enemigo en todo el planeta –plumillas incluidos- era el insensible perro de sus vecinos, que ladraba en mitad de sus sagradas audiciones de música clásica... El sueño de Jerónimo era envenenarle. El único que parecía entenderle era Manuel, un aplicado muchacho andaluz que tuvo que soportarme por largo tiempo, ocultando en más de una ocasión mi más que evidente ineptitud para el mundo de la técnica. El jefe, un ejecutivo de la casa, apenas se dejaba ver por la emisora, dejando a José Antonio, el omnipresente personaje ambicioso de “cualquier” departamento de “cualquier” oficina de “cualquier” trabajo del mundo, la responsabilidad de organizarnos, aunque realmente este trabajo lo hicieran Bonilla, Jerónimo y Manolo para bien de la emisora y de su creciente audiencia.

 

Con mis primeros salarios alquilé un piso en la calle Canillas, cerca de Príncipe de Vergara. Era un nicho más entre los muchos que había en un moderno edificio de apartamentos, tan moderno que en su interior, atravesando el gran portal y un florido jardín, había un pub inglés para uso y disfrute de los propietarios –con su música instrumental hortera, sus acolchados sillones y dos o tres camareros uniformados con sus no menos acolchados y horrendos chaqués-. Por el portal de aquella casa desfilaban sin tregua caballeros de cierta edad, acompañados por señoritas de muy buen ver que besaban con pasión a sus parejas nada más entrar en el patio -Algo que, como todos sabemos, es harto extraño en un matrimonio convencional-. Algunas familias, pocas, y unos cuantos solterones completaban la fauna de aquel vecindario.  

 

Era un piso con cocina americana y cuarto de baño, que daba a un horrendo callejón, tan estrecho que me permitía ver y escuchar la televisión del vecino sin apenas esfuerzo. Durante mis primeras semanas allí se celebraron tantas fiestas como me fue posible, y durmieron apelotonados en el salón la flor y nata de los borrachos de la ciudad –y parte del extranjero-. Evidentemente la comida era una curiosidad en nuestras vidas, salvo los estupendos arroces que mi amigo Enrique cocinaba a las cinco de la mañana. Poco más llegaba a nuestros estómagos. Pero Celia no estaba dispuesta a consentir que el desastre dominara mi vida, y empezó a traerme platos preparados por su madre, y por ella misma, con el evidente fin de ganarme a través del estómago. Suculentos manjares fueron apareciendo por allí encerrados en “Tapers” de mil formas y colores. Aquello era más de lo que mis medidas podían asimilar, de manera que empecé a engordar felizmente a base de asados, guisados, fritos, cocidos, embutidos y demás manjares que la naturaleza, en su infinita sabiduría, es capaz de proporcionar al ser humano para mayor dilatación de su vientre.

 

Mi progenitor, aparentemente liberado del lastre que suponía mantener a un hijo imbécil, aprovechó para buscar sus propios líos. María José no tardó en darse cuenta y sus enfrentamientos aumentaron en frecuencia e intensidad.

 

Un día soleado de otoño recibí una llamada de mi padre para que fuera a comer con él y su amigo Miguel, director de una conocida revista de cinéfilos con el que alternaba a menudo. Nos citó cerca de la Plaza de Oriente, en un conocido y turístico café. Al llegar a la Plaza, en una de sus bocacalles, me encontré con Miguel, que miraba con estupor la balconada de un edificio próximo. Entre risas me pidió que estuviera atento, Los dos mirábamos al balcón del primer piso cuando se asomó mi padre. Según nos dijo –a voces- estaba allí encerrado con una señorita, porque la compañera de piso había salido, echando el cerrojo desde el exterior y bloqueando la entrada. Con las voces de mi padre se asomó una vecina, que inmediatamente le reconoció y tras una breve conversación se ofreció para ayudar en lo que fuera necesario. Miguel y yo, a punto de perder el sentido de pura risa, le propusimos saltar al balcón de la vecina para salir por su casa. A la señora le parecía fantástico, pero mi padre dijo que necesitaba que alguien le ayudase. Preguntamos si podía hacerlo su misteriosa acompañante, pero dijo que nones, que la pobre estaba en la cama, escayolada desde el pié a la cadera. De manera que mi padre estaba enrollado con una tía que tenía inservible medio cuerpo: Era para morirse.

 

Pasaban los minutos y el señor Mellizo tenía informativo por la tarde, de manera que se decidió a dar el salto. Sacar el primer pie fue fácil, el segundo llevó algo más de tiempo, pero consiguió conducirlo con destreza hasta el balcón de la vecina y así, con un pie en cada vivienda y dando la espalda al numeroso público que se estaba concentrando para observar la maniobra, le vino el ataque de risa. Yo le decía que aguantase, que quería hacerle una foto para venderla. Él se cagaba en mi padre –como es natural-, pero no podía moverse. Así estuvo un buen rato, hasta que su huidiza y lisiada acompañante salió a ayudar (siendo reconocida al instante por nosotros y alguno de los que nos rodeaban… No seré yo quien diga su nombre).

 

Con la ayuda de las dos mujeres –una anciana y la otra escayolada hasta la ingle-, y el ánimo de un apasionado auditorio, mi padre consiguió llegar hasta el otro balcón. Cuando salió del portal los curiosos, y nosotros mismos, estallamos en aplausos y risas para celebrar la hazaña... El telediario estaba salvado.

 

Durante un tiempo moderé mi afán autodestructivo, intentando hacerme con una plaza fija en la emisora. Seguí haciendo nuevos amigos, pero por primera vez en mi vida eran tipos con objetivos que iban más allá de conocer viejos bares y probar nuevas drogas. No eran muchos, pero ejercieron una gran influencia en mi vida. Radio “El País” había reunido a un elenco de lo más prometedor. Sería imposible juntarles de nuevo en una emisora –o en un bar- porque, suponiendo que alguien pudiera pagar sus salarios actuales –cosa que dudo- tendría que lidiar con un grupo de egos tan difícilmente soportable como repetible, personalidades que empezaban a asomar en esos días de explosión creativa. Algunos ya eran famosos, otros, los más, lo serían con el tiempo, en cualquier caso leer la relación que sigue da ciertas pistas acerca de los movimientos de la industria audiovisual de los últimos años... 

 

Seguro que me olvido de muchos, y otros no aparecen porque no me da la gana, pero el elenco –incluyendo colaboradores habituales- en los días que estuve allí era el siguiente…

 

José María Baviano

José Miguel Contreras

Luis Fernández

Pedro Pérez

José Antonio Guisasola

Montse Fernández Villa

Gema Rodríguez Lavín

Pilar Rodríguez

Carmen Pérez Tortosa

Julia Gil

Javier Pérez

Jesús Serrada

Moncho Alpuente

Ricardo Cantalapiedra

Ernesto Estévez

Emilio de la Peña

Juan Ramón Lucas

Carlos Llamas

José Ramón Pindado

Alberto Bonilla

Manuel

Jerónimo Florit

Juantxu Royo

Pedro Paniagua

Juan Ramón Rubio

Carlos López Tapia

Quique Tourmix

Jaime Roza

Luis Mario Quintana

Santiago Alcanda

Aurelio

Máximo Pradera

Igor Reyes

Almudena Belda

Javier Pérez de Albéniz

Felipe Pontón

Denise Cook

Víctor Mato

Rafa Moya

Andrés Varela

Belkis

Jorge Flo

Jesús Sánchez

Ana Pécker

Y yo… Felipe Mellizo

 

Buena lista para un psicópata asesino ¿Eh?

 

(Se me olvidaron los nombres de algunos que no querría olvidar, como el conductor del espacio de música clásica, o la responsable de la fonoteca, así como de un par de redactores… Y si están mal escritos pues… a mi qué).

 

Mientras tanto, en mi otra familia -la de sangre- las cosas se estaban complicando. El grupo se dispersó y dejó de reunirse. A muchos de ellos no les volvería a ver jamás, como a mi primo –y padrino- Mauro, que murió joven de una enfermedad extraña que nadie quiso mencionar y que todos hemos obviado desde entonces. Era un buen tipo, y de seguir vivo seguramente me habría ayudado en el futuro que me amenazaba –probablemente sacudiéndome algún que otro guantazo-.

 

No sé si fue antes o después, pero mi abuelo Felipe, “El abuelísimo” también se marchó. Sus hijas, siempre eficaces y con el consentimiento de todos –incluyendo a mi padre-, habían encerrado a mis abuelos en una residencia elegante cercana a su casa de Castelló –Monte Carmelo-. Allí vivían, cuidados por unas monjas rellenitas que les trataban como si fueran verdaderos imbéciles. No sé cómo duró tanto el pobre, pero un buen día le dijeron a mi abuelo que tendría que utilizar pañales de incontinencia. Felipe Mellizo Contreras, ese hombre que ponía firmes a las más retorcidas gárgolas, no pudo soportarlo y esa misma noche, sin dejarse humillar, murió. Según decía mi padre fue culpa de un “ataque de orgullo”.

 

Por la residencia Monte Carmelo pasaron personajes y personalidades. Mi abuelo presidía el velatorio desde su especial tribuna, mientras que mi abuela, que ya estaba perdiendo el rumbo, le lloraba acompañada de sus hijas. Algunos nietos correteaban por las salas y los adultos entraban y salían de la sala de espera en sus habituales carreras de relevos para no dejar desatendida a la familia, ni el bar de la esquina. Entre todo ese “maremagnum” familiar avanzaba con lentitud un hombre. Pequeño, arrastrando los pies con esfuerzo como si el peso del gran abrigo gris que llevaba le estuviera lastrando, se acercó hasta la tribuna de mi abuelo. Se quitó el sombrero y tocó el cristal que separaba los dos mundos. Hizo un gesto de resignación y se alejó, llegando hasta donde estábamos mi padre y yo. “Querido Felipe, ya soy el último”, es lo que le dijo a mi padre. “...He enterrado a todos los de la orla...” y se marchó despacio, como si al hacerlo acelerase de algún modo la llegada de la inevitable parca.

 

Poco a poco fui estrechando lazos con mis nuevos compañeros de trabajo, pero sin abandonar del todo a mi antiguo grupo del barrio de la Estrella. Debo reconocer que me aterraba la posibilidad de que mis nuevos compañeros fueran tipos extraordinariamente competentes, preparados y cultos, que pudieran humillarme con facilidad gracias a su sapiencia y bien hacer, pero con el paso del tiempo fui descubriendo con alegría que, en el mejor de los casos, se trataba de gente con más flores en el culo que libros en la cabeza.

 

Así fui conociendo a los que me han acompañado estos últimos lustros, y a otros que sin acompañarme dejaron buenos y malos recuerdos. Desde Quique Tourmix, músico de gran tonelaje, pinchadiscos y animador de fiestas, a Jaime Roza, un periodista asturiano con el que pasaba las mañanas tomando cervezas en el parque del Retiro, a la espera de que nos llamasen de la emisora para cubrir alguna rueda de prensa o atentado –que por entonces se daban con mucha frecuencia-. A bordo de una miserable pero ágil unidad móvil nos recorríamos Madrid como si fuera nuestra casa. No había prohibición que nos detuviera, ni bar que no nos conociera. Llegamos a ser los más rápidos en las absurdas carreras por llegar a la noticia, por lo que vivimos de cerca muchos sucesos tristes -y algunos alegres- de los años ochenta.

TUO YAW (y 6)

Álvaro siempre fue mi favorito. Es evidente que yo ya era todo un misógino, y justificaba mis preferencias -sin convencer a nadie- argumentando que haber vivido en una casa con nueve mujeres me había dejado traumatizado. Aún así mi hermana Laura era especialmente molesta y retorcida. Aprovechaba la menor ocasión para dejarme en evidencia frente a su madre –que por entonces ya tenía claro que yo era irrecuperable-, y a pesar de su corta edad era capaz de fingir y mentir como nadie, acusándome de golpearla y maltratarla cuando no me veían... Probablemente se hubiera merecido alguna que otra hostia, pero no era yo el más indicado para decirlo o hacerlo.

 

María José sospechaba de mí desde siempre, y supongo que tuvo grandes broncas con mi padre por mis constantes cagadas. Así que me puso una trampa, tan evidente como atractiva, para demostrar a mi padre que yo era un delincuente. Dejó un billete de cinco mil durante unos días, en un lugar en el que sabía que yo miraba con regularidad. Y me pilló. Mira que me dije: “Felipe, esto es una trampa”, pero nada. Fui tan torpe que no pude más que resignarme cuando me dijeron que no podía seguir allí. Era obvio. Hice las maletas, dispuesto a buscarme la vida de cualquier modo. Pero como tonto afortunado que soy mi padre me echó un cable, pagándome una fonda en la calle los Peñascales.

 

Compartía habitación –en una casa limpia pero gris, que daba a las escalinatas del callejón- con un tipo muy extraño, del que me fiaba muy poco, y pasaba las noches en vela esperando a que intentase acercarse a mi cama para clavarle la navaja con la que dormía. A los dos meses me marché a otro hostal, sobre el cine porno de Fuente del Berro, junto al “Palacio de los Deportes”. Allí estuve cuatro meses. Mi padre venía a verme de vez en cuando, para darme dinero e invitarme a comer. El resto del tiempo lo pasaba caminando por Madrid y recogiendo colillas de las paradas de autobús –en donde se encuentran muchos cigarros apenas consumidos-.

 

Vivir cerca del “Palacio de los Deportes” no estaba tan mal porque mi padre me conseguía entradas para los eventos que allí se celebraban, de manera que disfruté de competiciones atléticas, festivales de jazz y conciertos de música moderna sin gastarme un duro. Y cuando la cultura me saturaba me metía en la sala porno, mi San Borondón de entonces, para disfrutar de películas como “seis suecas en una gasolinera” o “colegialas en celo”, obras maestras de la historia del cine universal.

 

De Fuente del Berro me fui a una fonda de la calle Príncipe de Vergara. Allí, haciendo chaflán con Juan Bravo, había un edificio gigantesco y semi-abandonado, coronado por un torreón propio de la “familia monster”, en donde se alquilaban habitaciones. La fonda era regentada por dos señoras, de edad incalculable, que tenían a sus órdenes a tres jovencitas de muy buen ver. La habitación era oscura y húmeda, con una vetusta cama de madera cubierta por una colcha que una vez fue blanca. Tenía un pequeño escritorio cervantino y un gran ventanal que daba a una terraza corredor, que se comunicaba con el resto de las habitaciones. Era uno de esos edificios mágicos que aún hoy se pueden encontrar en Madrid. Las noches eran pura fiesta. Las dos ancianas se metían en sus sarcófagos y las chicas se hacían con el control del edificio. Una de esas noches, mientras que yo intentaba en vano expulsar a las chinches de mi colcha, llamaron a la puerta. Me cubrí como pude y abrí. Era una de las chicas, dos o tres años mayor que yo, que quería saber si necesitaba algo. ¡Y por supuesto que lo necesitaba! Estuvimos espantando a las chinches toda la noche, y la noche siguiente, y la siguiente...

 

Pero gracias a sus contactos mi viejo y hastiado padre había conseguido que me aceptasen como residente en un colegio mayor de la avenida de Séneca: Nuestra señora de Guadalupe. Para mi desgracia tuve que abandonar la fonda y trasladarme a la Ciudad Universitaria.

 

Había empezado a hacer prácticas en Radio Cadena Española, que ocupaba los antiguos estudios de Radio Centro, en el edificio del diario Pueblo. La vieja noria de ascensores había sido reemplazada por modernos elevadores, pero los bares de la zona de Huertas seguían siendo exactamente los mismos que cuando mi padre me llevaba de pequeño. Se suponía que debía aprender todo lo posible para lo que mi familia consideraba “tu última oportunidad de evitar la cárcel”. Durante un tiempo me lo tomé en serio, ayudando a los técnicos de plantilla y aprendiendo el misterioso lenguaje que utilizaban. También observé con atención cómo se escaqueaban, cómo echaban las culpas de sus fallos a otros, cómo odiaban a los periodistas... Las broncas entre mi jefe, y Ricardo Fernández Deu, conductor de un popular espacio, eran constantes –la verdad es que mi jefe era paciente porque Ricardo era todo un tocapelotas-. Recuerdo que por allí andaba un tipo delgado y de aspecto triste que se llamaba Antonio San José. Era redactor. Subía con su boletín en la mano, se sentaba, soltaba las noticias, y se marchaba con su folio a la redacción en silencio, como un ánima que hubiera perdido a su Santa Compaña.     

 

Mi habitación era limpia, algo que echaba de menos desde que salí de casa. Tenía un lavabo en una esquina y una cama confortable en la que pasaba largas horas de lectura. La ventana daba al oeste, justo a la pista de atletismo del SEU. El colegio contaba con cine, bar, y una pequeña pista de tenis. Los alumnos eran todo lo que a mí me hubiera gustado ser: Educados, estudiosos, sanos. Las entradas y salidas nocturnas estaban controladas por un conserje, que tomaba nota del nombre y la hora a la que llegabas, para pasarles un informe mensual a los padres –detalle que me llamó la atención porque la mayoría, por no decir todos, de los alumnos eran mayores que yo y me costaba entender que permitieran tal control sobre sus vidas-. De vez en cuando bebían, con moderación, y alcanzaban el éxtasis cuando acudían en masa al colegio mayor femenino para llamar la atención de las tías con unos ñoños cánticos. Intenté hacer amigos, pero me costaba muchísimo ocultar el aburrimiento que me provocaban sus aventuras… fracasé.

 

Aún así guardo un buen recuerdo de Ronaldo, alumno de arquitectura al que acompañé en una ocasión hasta el jardín botánico para hacer un trabajo acerca de la puerta que da al paseo del Prado. Tenía que tomar medidas a ojo, para hacer un dibujo de todo el arco. Para ayudarle me ofrecí a subirme sobre la estructura con un metro. Avergonzado, y preocupado por la inminente llegada de la policía, fue tomando nota de todas mis mediciones.    

      

No recuerdo en qué momento, pero un día mi padre me dijo que se iban a convocar unas oposiciones para entrar como técnico de sonido en Radio Cadena -Se trataba de cuatro o cinco plazas para las emisoras nuevas de Teruel y Cuenca-. Consciente de mis limitaciones mi padre dijo que me daría las preguntas para que no fallase. Y así fue. Apareció con doscientas páginas fotocopiadas, temarios de oposición, y unos folios con lo que entraría en el examen. Por lo que me contó se las había dado el director de la emisora, de manera que me puse a estudiar como un enfermo. De algún modo sabía de la importancia que tenía para mi vida, de manera que dediqué seis o siete horas diarias al estudio –inaudito-, grabándome cintas con los temas para escucharlas con el walkman cuando salía a la calle. Y llegó el día del examen. Me senté, esperanzado, y me levanté hundido: Las preguntas no tenían nada que ver con las que me había dado mi padre. Me sentí el tipo más ridículo del mundo. Jamás se lo perdonaría.

 

Para compensarme me envió de prácticas a la Agencia efe, en la calle Espronceda. Por entonces contaban con un pequeño gabinete de radio, en el que se recogían las crónicas de los corresponsales que la empresa tenía repartidos por el mundo. Durante semanas anduve husmeando por aquellos cacharros infernales, tocando todos los botones de las mesas de mezclas y las grabadoras hasta que aprendí a utilizarlos. EN poco tiempo pasé a registrar las crónicas. Recibíamos una llamada, la pasábamos a una máquina horrorosa llena de luces rojas y amarillas, probábamos la calidad del sonido y grabábamos. “...Desde Jerusalem Elías Zaldívar de la Agencia efe...”. Así todo el santo día. En los ratos libres, que no eran pocos, me grababa unas estupendas cintas de música aprovechando la discoteca de la que disponíamos, y cuando podía me pasaba a ver a un viejo conocido de mi padre, extraordinariamente parecido a Menéndez Pidal, que se dedicaba a corregir la ortografía de los periodistas. 

 

Pero como todo en mi vida aquello se acabó demasiado pronto.

 

Puede que fueran aquellos malditos anuncios de “Muchacho, la marina te llama...”, o los consejos de su amigo Pedro, especialista en temas militares de TVE, pero un buen día mi padre me dijo: “Felipe, puedes elegir entre dos años en la legión, o tres en la marina...”. Yo esperaba una tercera opción, como que me pagaba unos cursillos de cata de vino en Elciego, pero no hubo lugar. Tomando aire para darme mayor importancia dije: “Prefiero la armada”.

 

CAPÍTULO V

 

Durante unos días me sentí como el Nelson de la M-30. Caminaba erguido, con las manos a la espalda y oteando el horizonte. Miraba con desprecio la tierra que me rodeaba, pensando en las grandes hazañas que con toda seguridad protagonizaría.

 

Tras un examen ridículo, en el que supuestamente valoraban tus aptitudes para acceder a una u otra especialidad de la marina militar (contramaestre, artillero, especialista en minas...), fui aceptado de manera sorprendente. Mi nota, increíblemente, me permitía acceder a la escuela de electrónica de la armada, la más solicitada. Descartando el que yo fuera un tipo especialmente brillante ese examen me hizo dudar del nivel del resto de los candidatos, y por consiguiente del ejército español pre-profesional.

 

Llegué a San Fernando (Cádiz) a finales del otoño de 1982, con el sexto reemplazo del año. Como era habitual me raparon, tras un exhaustivo reconocimiento médico de 30 segundos, me dieron la ropa y el petate y me llevaron al barracón en donde dormiría con otros doscientos pelones durante los siguientes dos meses.

 

El período de formación resultó entretenido. En pocas semanas habíamos aprendido a cantar todos los himnos de rigor (la salve, la oración...), a vestirnos con las complicadas prendas del uniforme de gala, y el significado de todos aquellos adornos cursis que lucían nuestros superiores. Girar a la derecha, cuando decían ¡derecha ar! fue pan comido –el giro a la izquierda se le atragantó a más de uno-, y las competiciones de remo por las marismas nos dieron el tono muscular necesario para defendernos de los mozos locales cuando había jaleo en las discotecas de la ciudad. Disparamos con Cetme, y lanzamos granadas a una destrozada marisma -granadas que parecían botes de colonia verdes con un lazito rojo prendido del tapón-. Visitamos el viejo arsenal de La Carraca, de infausto recuerdo para el ejército español, navegamos en lanchas de desembarco y vimos al popular Dédalo haciendo una de sus últimas y desastrosas singladuras.

 

Los veteranos eran los encargados de distribuir la droga en el cuartel. Esperaban a que se durmieran los suboficiales, generalmente cocidos en zumo de uva, y se acercaban a los puestos de guardia que había junto a la calle. Entonces pasaba un tipo en moto, o en coche, y arrojaba una bolsa sobre la valla. El veterano la recogía, te decía que te callases y se marchaba feliz a repartir por los sollados.

 

Una de las cosas que más llamaba mi atención era la afición por arrestar objetos inanimados. Un palo mayor, popular por la película “Cateto a babor” –una de aquellas comedias de Alfredo Landa, diseñadas para ofrecer una imagen desenfadada y alegre del ejército español- estaba arrestado a raíz de un accidente; una televisión por darle una descarga a un oficial, etc. Lo peor era que cuando te explicaban estos “castigos” lo hacían con el convencimiento de que el objeto en cuestión aprendería la lección, y serviría de ejemplo para sus iguales... sin comentarios.  

 

Juré bandera como los demás, con el ridículo uniforme de gala y un mosquetón de la Primera Guerra Mundial, que brillaba como si acabase de salir de la fábrica en... ¿1916? Mis familiares, absurdamente orgullosos, hicieron las pertinentes fotos que por suerte se perdieron, y regresé a Madrid a la espera de que me dijeran cuando acudir a mi destino.

 

Un par de juergas consentidas por mi padre, como premio por mi recién adquirida dignidad militar, y me llegó la carta. Tenía una semana para presentarme en la Escuela de Transmisiones y Electricidad de la Armada (ETEA) de Vigo.

 

La alegría de mi padre le hizo aflojar el bolsillo, y en lugar de ir en segunda, como el resto de mis compañeros, lo hice en coche-cama individual. Por la noche, con una copa de vino en la mano, salí al pasillo del vagón para estirar las piernas, y vi al resto de mis elegantes compañeros de viaje. Como siempre me acosté tarde, entretenido con el oscuro paisaje que se veía a través de mi ventana, salpicado por mínimas concentraciones de bombillas que iluminaban las calles de algún triste pueblo del interior de la península. Al alba, tras buscar –y no encontrar- un endemoniado calcetín negro –que RENFE tenga en su gloria-, salí al pasillo con mi vestidito de marinero especialista, seguro de que impresionaría a mis vecinos de vagón. ¡Coño! Eran todos oficiales, llenos de cocas, barras y estrellas. Todavía me duele el brazo de recordarlo: “A las órdenes de usía”, “sí, señor”, “buenos días mi lo-que-sea”, siempre acompañando mis palabras con el ridículo gesto del saludo militar.

 

Y llegué hasta A Guía, un barrio de Vigo que está a medio camino entre la ciudad y el puente de Rande. A pocos metros de la carretera estaba el cuartel, entre verdes pinares y unos sucios y negros astilleros en donde apenas había actividad. Me asusté. Aquel campo de concentración se alejaba mucho de la idea que yo tenía de un centro de estudios. Tenía una gran avenida, por la que se bajaba hasta el patio de la bandera, flanqueada por edificios sobrios y fríos en los que estaban los sollados, o dormitorios, y las aulas, así como un inmenso comedor del que salía una peste a salfumán que acababa con el hambre de la misma manera que acababa con los millones de parásitos que campaban por el cuartel. El sollado era inmenso, como los que ya conocía, pero a diferencia del de San Fernando este era oscuro, estaba desconchado y rezumaba humedad por todas las paredes. Las taquillas servían de tabiques para compartimentar el espacio, separando a veteranos de novatos. Las literas eran de a tres y cuando pusimos nuestro colchón nos dimos cuenta de que a los somieres les faltaban casi todos los muelles. Aquello era una muestra de lo que nos esperaba. Los muelles eran un símbolo de poder, de los muchos que había al margen de la escala militar. Algunos precavidos los retiraban al levantarse para evitar que se los quitaran durante las clases –no hace falta decir que sin muelles estabas condenado a dormir en el suelo, porque la queja era algo que no se estilaba en el cuartel-. Las ventanas del sollado estaban rotas, en su inmensa mayoría, y por las noches sufríamos sin defensa las oleadas de viento frío y húmedo que venían de la ría, por mucho que intentásemos protegernos con la miserable y maloliente manta que nos daban –si es que no te la habían robado